Cuando le comunicaron la noticia no lo podía creer. El joven pastelero guardó el secreto y nunca se lo confesó a nadie. Le gustaba mucho su mundo de azúcar glas y le resultaba impensable separarse de él. Esperaba feliz que el ejecutivo elegante cargado con su maletín pidiera el café solo, negro, acompañado de tostadas con mermelada. Le divertían los chavales que, medio dormidos, le pedían la “última” ensaimada con la que acompañar su leche con cacao. Para qué hablar de las mujeres que con un café con leche tenían tiempo suficiente para hablar de todo el vecindario. No le importaba tener que levantarse a las cuatro de la mañana para preparar los dulces. Su mujer decía que le encantaba el olor a pan recién hecho, y eso le bastaba.

¿Es que nunca te apetece comértelo todo? –Le preguntó una vez un niño.

– Si me los comiera yo todos, nunca me quedaría nada para ti.

Pregunta inocente que le llevó a sonreír cuando se dio cuenta de que estaba rodeado de todo lo que no podía comer. Una vez jubilado el pastelero vendió su cafetería, pero un día pasó por la puerta y quiso tomarse algo caliente.

¿Qué desea, señor?

– Un café. Sin azúcar por favor. Soy diabético.

3 comentarios:

pati dijo...

Qué cruz y qué aguante, señor!

Yo no hubiese podido... creo que no me hubiese importado que me diese un patatús :P

Lo dicho: Un placer leerte ;)

Besos :)

paurib dijo...

Puede que lo más dulce del día no llegue en forma de terrón de azúcar...

Anónimo dijo...

Muy bueno el final. Pobre hombre... Con lo buenos que están los dulces, yo no podría trabajar en una pastelería porque me comería todo y no llegaría a poner nada a la venta xD

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