En el recreo todos jugaban mientras yo me quedaba de lado sin perder por el rabillo del ojo, todos y cada uno de sus movimientos. Habían dejado de lado las canicas para pasarse al atrapa la lucecita. Nuevo pasatiempo que les hacía doblarse de risa sin entender muy bien por qué. Lo recordaré siempre. A veces, cuando la luz desaparecía se acercaban a mí con aquella frase preparada: Gafitas, tontorrón, que tiene cara de melón. Pero enseguida se olvidaban de mí porque volvía a aparecer la luz. No diré que no me importaba, pero, la verdad, es que yo también me reía de ellos, por dentro, claro. Al final del recreo la luz se volvía mucho más inquieta. Arriba, venga, pillarla, me decía yo. Abajo chavales, de rodillas, que hay que hacer ejercicio… Nunca se enteraron de quién era el que movía el espejito. ¿Y vosotros?

2 comentarios:

paurib dijo...

Cuando hoy me he mirado al espejo me he acordado de que cuando era pequeño quería imaginarme al otro niño como un niño real, que también tenía amigos y familia... Una sugerencia.

pati dijo...

Pero cómo me gusta leerte!

Eras tú.

Y me encanta ese reírse por dentro ;)

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