Creen que es alergia, pero es amor.

Y se compran mascarillas y se vacunan, por precaución. Dejan de besarse en los saludos. Si es que son tontos. ¿Antes? Antes bastaba con rozar su piel, ¿pero ahora? Ahora, llegan a casa, detectan las pupilas dilatadas, sienten la roja opresión en el pecho y se lanzan a telefonear a urgencias.

¿Qué tengo doctor, qué tengo?, preguntan como idiotas.
Pues yo os lo diré: lo que tenéis es miedo. Mucho miedo.

Más miedo que nunca, pensó el chico rubio, con miles de rizos en su cabello. Sacudió sus alas y cuando llegó su turno, depositó arco, flechas y carcaj en la ventanilla del paro.
La decisión era suya. ¿Para qué preguntar a nadie? Una vez puestos, qué más da, ¿verdad? Si sólo son unos 114. Poquitos en comparación. El problema era otro. El problema era como iba a ingeniárselas para partirse exactamente por la mitad los martes y jueves. Todos sabemos que si no te partes por tu mitad simétrica, algo imposible, es difícil volver a casar las piezas si no. Y tenía miedo por éso.

Los lunes, la historia sería diferente, porque para qué hablar, ella ya había aceptado que para quedar perfecta después de una partición en tercios tenía que utilizar un instrumental que no poseía.

Graciosos serían esos cinco martes del año, donde de ocho de la mañana a, aproximadamente, nueve de la noche estaría, quitando de un par de horas, haciendo como que aprendía algo.
¿Quén hace los horarios? O como diría Borges, ¿qué dios detrás de dios la trama empieza?

Para colmo, parece que le obligan a matricularse en Alemán e Italiano, lenguas que desgraciadamente no domina. Pero ella se ríe. Es el último año de facultad y no se siente abrumada. Con calma, por favor.

Ocho y media de la mañana, el último sueño dando guerra y un ordenador que da problemas. Además, hablan en alemán e italiano... ¿Interesante combinación?

Patata, no te sorprendas tanto, que me las vas a pagar, con lo bien que nos hemos llevado estos cuatro años y cinco cursos...

La emoción te embarga. Las lágrimas recorren tus mejillas. Sin poder evitarlo. Sin querer evitarlo. Y no por la fachada barroca. Y no por el dolor de cada uno de tus músculos. Las lágrimas no se derraman por haber alcanzado la meta o porque la aventura se acabe.

Aquel día, las lágrimas se deslizaron suavemente de mis ojos por todos y cada uno de los días que habíamos compartido. Por aquel amanecer que compartimos juntos. Por la primera estrella de la mañana. Por el verde puro de los prados, por el azul límpido del cielo. Por el cansancio, por el dolor pero también por las caricias, los abrazos, las muestras de cariño, de ternura, de amor.

Y porque habíamos conseguido llegar juntos. Y porque nada nos había detenido. Porque hemos aprendido a caminar juntos. Porque nuestro primer viaje juntos me había enseñado tantas cosas de ti, de las que ni siquiera aún me he dado cuenta. Un paso tras otro a tu lado me ha demostrado que tenemos que viajar juntos, uno al lado del otro, que tenemos que navegar en la misma dirección, que tenemos que complementarnos, que tenemos que ayudarnos. Que me tiendes la mano cada día de forma tan sincera que sería un error no darse cuenta. Algo ha cambiado. Algo ha tocado nuestra vidas por siempre y para siempre. Tengo tantas esperanzas puestas en este año que empezamos juntos. Vívelo conmigo, junto a mí. Yo no quiero perdérmelo, ¿y tú? Siento que este viaje nos ha unido, nos ha hecho fuertes, que estos pasos me ayudarán mirar hacia delante, a aprender a perdonar, a comprenderte mejor. Ojalá sea así, porque aún tengo muchas ganas de seguir caminando contigo. Y no he encontrado mejor metáfora que éste camino para convertirla en realidad.

Serán tantos y tantos buenos recuerdos a los que volveremos juntos que tiemblo al pensar que se me escape algún detalle, alguna sonrisa, alguna caricia... Prométeme que estarás conmigo para no olvidar nada...

... Y te doy las gracias, de corazón, por querer vivirlo conmigo.
Lo miró antes de darse la vuelta. Escuchó sus pasos perdiéndose en el pasillo oscuro, escuchó el ruido suave que hizo al cerrar la puerta, y se quedó en el despacho, llamándola en silencio, abominado de las casualidades, de la suerte y de la histoira, de los veinte años que les separaban, y se asomó a la ventana para verla una vez más antes de que ella se marchara para siempre de aquella ciudad y de su vida. La observñi caminando en silencio por el sendero de piedra que llevaba a la cancilla del jardín. La vio empujar la verja roñosa con las manos blancas, y desde allí ella se volvió por última vez. Él levantó la mano en un gesto que nunca supo si era de despedida o bien un intento desesperado de detener su marcha. Ella aún estaba mirándolo, parada delante de la puerta de hierro, cuado empezó a llegar la gente. Había fotoógrados, había reporteros armados de micrófonos, cámaras de televisión. Escuchó aplausos, algunos gritos de felicitación, vio los primeros destellos de los flashes y no tardó mucho en comprender que finañmente había sucedido. Le había dado el Premio, pero Cósimo Herrera no se movió de la ventana. Desde la reja llena de herrumbre, desde la distancia imposible de sus veinte años, Luisa del Amo también segía allí.

Y todo lo demás había dejado de existir mientras en su cabeza iba cobrando significado la letra de un tango...


Que veinte años no es nada,
Marta Rivera de la Cruz

Ruinas, ¿no ves que por dentro estoy en ruinas? Mi cigarro va quemando el tiempo, tiempo que se convirtió en cenizas. Raro, no digo diferente, digo raro. Ya no sé si soy yo el que está al revés o soy yo el que está cabeza abajo.

Y aunque sé que no es mío brindo por aquellos momentos en los que creiste que Fito era el mejor guitarrista del mundo. Y por aquel momento que me pasé una tarde entera intentando averiguar cuál era la canción que el chico que se sentó a mi lado dijo que era evocación a uno de mis libros favoritos, Momo, en una clase cualquiera de Sociedad de la Información, ¿te acuerdas? Sé que no es tu favorita. Pero la mía sí. Aunque sea sólo por ese recuerdo...



Me sorprendió la melodía, la letra y el hecho de verme buscando algo que sabía que no encontraría. Sí. Yo no me sé las canciones, ni los acordes. Pero esta fue una de las primeras canciones que compartimos. Sin ni siquiera escucharla juntos. Hoy Fito toca en Valencia. ¿Que cómo lo sé? Simplemente porque sé que te gusta. Y porque quería sorprenderte. Pero hoy suenan los Beatles. También en casa. Canta, yo te escucho...


Un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera. Eso era esta mañana. Atemporal. Y sin miendo se despertó. Se vistió, arregló la habitación y desayunó con su familia. O lo que quedaba de ella. Las demás sillas no estaban vacías:migas de galletas, tostadas, incluso una mancha de mermelada paracía que no querían desprenderse de la mesa ese día cualquiera, de un mes cualquiera de un año cualquiera.

Pero no era un día cualquiera. Era el día en el que volvía a empezar todo, o terminaba todo para siempre. Así que se dijo a sí misma que no valía la pena. Que lo que tuviera que pasar, que pasara. Que el vivir no va desemparejado del sufrir. Y si pensaba que para vivir había que sufrir, había vivido mucho. Quizás demasiado. O quizás todavía no se había enfrentado a la vida de verdad. Seguro que no. Pero el mundo no tenía por qué enterarse. Qué más les daba a ellos, ¿verdad? Así que aunque sólo fuera por ella decidió ponerle nombre: 26 de abril de 2010, lunes, para no olvidarlo nunca.

Y eso sólo significa que toca luchar. Pelear. Sufrir... Y vivir. Y con una sonrisa... Porque es de héroes sonreír cuando el corazón llora.
El mes d abril es un mes curioso. Nunca se mete con nadie. Lo cierto es que le sabe mal ser el mes lluvioso, éso, a la gente, le pone triste, con tantos nubarrones. Pero sabe que no es culpa suya, que a alguien le tiene que tocar.

El mes de abril es un mes celoso. Sí, se sabe parte de la primavera, que la sangre altera, pero también sabe que la gente suele preferir el mes de mayo, que es cuando empieza a hacer calor, o al menos un calorcito de esos que te permiten pasear tranquilamente por la noche sin helarte de frío.

El mes de abril es un mes feliz. El año ya empezó hace tanto que la gente se olvida de la cuesta de enero, el corto de febrero y el ventoso marzo.

El mes de abril es un mes culto. Alberga el día del libro. Se sabe interesante, inteligente, sabio. A fuerza de la experiencia. Y aunque las rosas tiemblen y las estanterías se aligeren siempre es bueno saber que contigo, la gente, aprende un poquito. Aunque sea un poquito.

El mes de abril es un mes de playa. No hace frío, ni tampoco calor, los largos paseos por la orilla no abrasan y a nadie se le ocurre... A nadie menos a mí. Por eso los antiguos griegos le llamaron espuma, aphrilis. Para que nadie se olvidara que es un plan perfecto.

El mes de abril es tantas cosas... Y ahora vendrá a recordarme que ya no soy feliz.

El mes de abril solía ser mi favorito. El mes de abril me aventuré por tí casi sin pensar. Y apenas te percatas de ello. El mes de abril solía ser mi mes de abril. Pero este año, aunque lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón... Escribo...

¿Quién me ha robado el mes de abril?



Se sentía triste y sola. Agotada.

- Y entonces...
- Entonces, ¿qué?
- Entonces, lluvia de verano...

Nada se puede hacer contra esta lluvia de verano sino dejar que llegue a empapar tu escencia, que espera paciente al arco iris.

Quizás esperé, y ahora sé que es en vano, que mataras monstruos por mí... ¿Por qué? ¿Por qué no lo entiendes?
Espera antes de entrar a la consulta del médico. Distraída. Como si la cosa no fuera con ella. Sus ojos se posan en un cartel que pide silencio. En los ojos de un niño que se debate entre dormir o ponerse a llorar. Se siente extraña, pero será la inflamación de garganta. Se siente lejos, pero puede que sea el mareo. Se dice. Sigue esperando. Pero sabe que no tiene cita. Así que no puede hacer otra cosa.

De pronto, sin previo aviso, las lágrimas se agolpan en sus ojos. Siente cómo la garganta se seca. Hace tremendos esfuerzos por no llorar. Se siente sola. Perdida. Y eso que sólo será una infección. Un antibiótico y a casa.

Recuerda. Y todavía se siente más sola. Baja la mirada, para que no vean sus lágrimas.

- ¿Estás bien?
- Sí, sólo me duele un poco... Pero se me pasará.
- ¿Qué te duele?

Y es incapaz de responder. Será la ternura con la que ella pronuncia las tres palabras. Será que está baja en defensas. Será que no ha dormido bien. Será que no le sienta nada bien estar malita. Será que echa de menos...

Pero no puede evitar que se le escape una lágrima que avergonzada se limita a esconder.

Será...

- Vámonos, por favor - Suplica.


Un día llamé a Bill y le dije: 'Tengo un nuevo personaje llamado The Bat-Man. En ese momento, sólo le había dibujado una pequeña máscara, similar a la que portaría eventualmente Robin. Bill me dijo: '¿Porqué no lo hacemos lucir más como un murciélago, dibujándole una capucha con dos hendiduras en los ojos, con tal de hacerlo más misterioso?' Hasta entonces, The Bat-Man vestía un traje rojo.

¿Un Batman vestido de rojo? ¿Eing? No, no, no y no.

Las alas, los calzones y la máscara eran de color negro. Yo pensaba que el rojo y el negro serían una buena combinación, sin embargo Bill me dijo que la vestimenta resultaba demasiado brillante.

Evidente, chico... Los hombres, que desde los principios de los tiempos no saben combinar colores...

Me sugirió al respecto: 'Coloréalo de gris oscuro para darle un toque más siniestro'. La capa lucía como un par de alas rígidas de murciélago, sujetas a los brazos. Cuando lo comentamos, concluimos que esas alas le estorbarían a Bat-Man en las escenas de acción,

Ajá.

Así que las convertimos en una capa con terminaciones triangulares para que luciera verdaderamente como el ala de un murciélago cuando estuviera peleando o columpiándose sobre una cuerda. Además, desde un inicio Batman no llevaba guantes,

¿Un superhéroe sin guantes? Los inicios son duros, incluso para un superhéroe...

Batman y Robin, Tom y Jerry, el Gordo y el Flaco, Simon & Garfunkel... Inseparables. Ciertamente lo son. Y no les culpo, es mejor vivir en compañía. Pero, es un apretón de manos después de un trabajo bien hecho y el superhéroe se queda solo. O la superheroína, quién sabe.

- Creo que voy a cambiarme el nombre... - dice ella, casi sin pensar.
- ¿Sí? ¿Y qué nombre te vas a poner?

Se queda callada un momento. Concentrada. Buscando en su mente el esperpento. Al final exclama:

- ... Batman.

Y lo dice seria. Sin ningún tipo de reparo. Pronunciando todas las letras despacio. Y él la cree. Porque le encanta. Aunque sepa que acabará convirtiéndose en Robin...

***

- ¿Sabes? Ayer leí que en Australia te cambian el nombre por 60 euros...
- Ahm... ¿Estás pensando en cambiártelo?

Ella sonríe.

- Claro...
- Hombre-Murciélago, ¿cierto? No sé como quedará, espera... Hola, te presento a mi novia. Se llama, bueno, esto, se llama... Batman... Pero creo que podría acostumbrarme...

Pero no le importa. Porque ella le encanta y no le importará convertirse en Robin.

***

- ¿Sabes? El caballero oscuro tiene miedo de la noche, no es tan fuerte como creía, y no tiene superpoderes. Mecahcis, tenía que haber pedido otro superhéroe, ¿puedo cambiar?
- Ah, no no, eso sí que no...
- Pero, pero...
- No.

Porque aunque le sigue encantando, ya ha comprado un disfraz de Batman para ella. Y cambiar ahora...

- Igual me estoy precipitando con eso del cambio de nombre. Además ahora es mi santo y...
Y él sonríe, porque le sigue encantado.

***

- ¿De qué has hablado hoy, cariño?
- De superhéroes.
- Ah. Muy bien.





Igual me estoy precipitando pero empiezo a echarte de menos... Y creo que no es bueno, ¿verdad? No me creía capaz de escribir tanto acerca de superhéroe.

Protegidas!

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