Las cosas habían cambiado. Lo supiste desde que dijeron que era tu último año. El último año que ya llegaba a su fin. Pero no estabas triste. No tenías nada más que hacer allí. No extrañarías a nadie. Y nadie te extrañaría. Podías sentirte afortunada. Habías llegado muy lejos pero nadie lo notó. Yo sí. Lo noté en su mirada.
-No me gustan las despedidas… - Sonrió desde sus 17 años.
-Te acostumbrarás. Las despedidas forman parte de la vida, créeme.
Tenías lágrimas en los ojos. Te regalé mi libro de poesía y dije que podrías leerlo si te sentías sola. Cogiste la mochila y te la colgaste al hombro. Apoyada en el quicio de la puerta, suspiraste.
-Cuídate, acerté a decir.

Y se marchó. Asomado en la ventana supe que era la última vez que la veía marchar. Se volvió justo en el último instante. Su melena brilló un últmio momento al sol y sus ojos me miraron una última vez. Paso a paso se alejó de mi vida. Levanté la mano en un intento de decirle adiós que se convirtió en un grito desesperado por querer retenerla. Pero no pude… Era demasiado tarde.
Arreglando mi habitación, he encontrado un papel arrugado pero no me pertenecía. Yo no me atrevería a escribir lo que allí está dibujado. Ellos lo saben todo. Parece un telegrama pero las ideas son tan nítidas que se ha convertido en mi lema. Son las palabras que todos quieren gritar. Dice así: “Los chavales intentan saltar el muro. Saben que está prohibido. Pocos se aventuran a ir más allá, pero alguno se atreve a subir por la verja, esquivar sus alambres y llegar al otro lado. Entonces nadie le vuelve a ver, por supuesto. Pero eso no impide que otros quieran hacer lo mismo”. Y en una fracción de segundo, sosteniendo en la mano aquel papel, la verdad me ha golpeado sin miramiento. Algo sucede en la ciudad. Y muchas veces los muros no son para prohibir entrar, sino para no dejar salir. Hasta el momento nadie se había aventurado a pronunciar en voz alta cuál era la situación. Ya sé si estamos dentro o fuera.

Ráfaga de viento. Helada. Que se mezcla entre cada una de las células de tu cuerpo. Que te pilla por sorpresa y te deja sin respiración. Me doy cuenta de que se ha llevado un sombrero calle abajo. Alguien corre detrás de él como si su existencia dependiera de ello. Intenta retenerlo a su lado, sin saber que sólo es un sombrero que quiere escaparse a vivir otra vida. El sombrero ha sido listo y ha aprovechado su oportunidad. Ese empujón definitivo que le ha permitido olvidarse del calborota. Igual todo esto sea una tontería, pero a veces me parece que necesito un empujón que me haga seguir adelante y olvidarme de las calborotas. Quizás hoy sea el día perfecto para dar ese salto. Fuera hace viento.


Se encontró la foto por la calle un día que andaba despistado. Iba a casa de sus padres, a conocer a sus tíos de Sudamérica. Se la guardó en el bolsillo, no sabía bien por qué. Es posible que hubiera visto Amelie demasiadas veces, pero qué importaba. Al principio, pensó que simplemente llevaba una foto de carnet de una desconocida en un pantalón que se ponía a menudo. Pero cuando se dió cuenta de que sacó la foto para lavarlos y luego volvió a incorporar la imagen a su ropa pensó que lo que hacía no era algo confesable. Muchas noches, miraba la foto durante largos minutos, antes de dormirse y soñar situaciones subidas de tono con ella. Al día siguiente se comía la cabeza pensando en lo estúpido que era obsesionándose con una fotografía de una desconocida que había recogido hacía dos semanas. ¿Y si se la cruzaba por la calle? ¿Le diría algo? ¿La seguiría? ¿Pasaría de largo?
Su madre le volvió a llamar el domingo por la mañana para decirle que fuera a comer. Se puso los famosos pantalones con un solo bolsillo vacío y se puso a andar muy alerta, por si alguna de las vecinas le resultaba familiar. Se quiso morir cuando vio el resto del cuerpo de aquel rostro andando por la misma calle que él. La siguió. Se quiso morir cuando entró en el mismo portal que él y se metió en el ascensor. Se quiso morir cuando, después de subir andando cuatro pisos para que no pensara que la seguía se la encontró en casa de sus padres llamando mamá a su tía.

Aquel tipo, listo como ninguno, tuvo la oportunidad de ser el abogado del diablo, lo cual le llevaba a la siempre y eterna cuestión que a todo abogado, antes o más tarde, le aborda algún día: ayudar al culpable y respetar su oficio o tener la conciencia limpia. Optó por su oficio. Su corazón frío como un bloque de hielo le hizo saltarse las normas, porque mayor prestigio le daría si conseguía salvar al diablo del divino sistema penitenciario. Aquel abogado ávido de fama defendió al diablo con trampas, mentiras y asesinatos. Ganó el juicio, ganó la fama, pero también ganó la soledad de quien a nadie hablan. A quien no ganó fue a la muerte que lo envió directito al infierno, donde el diablo, también conocedor y respetuoso de su oficio lo carbonizó por zoquete.

Había quedado con él a las 4 de la tarde en el café de la esquina. Era un día gris, de esos en los que es mejor no salir de casa. En los que el cielo amenaza una tormenta de las que prefieres ver desde la ventana bien tapadita con una manta. Pero no podía aplazarlo más. Tenía que confesarle que tenía un nuevo trabajo y quería comenzar una nueva vida. Y eso es lo que hizo. Más o menos a mitad le lanzó una pregunta a la que no pudo evitar responder. Y eso le llevó a la ruina. Cuando tu jefe ya no es tu jefe se convierte en un ser al que sigues queriendo estrangular. Le pidió el número de teléfono y ella se lo dio, sólo, dijo, por si algún día te necesitamos y quieres volver. Pero a veces, la mejor opción es no complicarse la vida.

Sólo fue una cuestión de mala suerte. Y es que no nos pusimos de acuerdo. Yo le cedía el paso y él a mí. Yo se lo volví a ceder y él me hizo seña de que pasara. Parecía que no se fiara Le volvía a hacer seña y él a mí. Por un momento nos quedamos los dos parados, ¡y justo cuando arranco se le ocurre pasar! Porque llevaba yo el coche. Si llega a ser a la inversa, a ver quién estaría ahora contándolo. Lo que más me fastidia es que tuviera que ser yo precisamente quien lo atropellara. Yo siempre se lo he dicho a mi mujer: tenía que estar prohibido que la gente pasara por los pasos cebra. Son criminales.


No consigo recordar qué es un hada. Y es normal, porque hace unos años me olvidé de todo lo que poseía un halo mágico alrededor. Bastante tengo ya con todo el trabajo que se me echa encima. Porque, oye, parece que todos prefieren a la bruja, que es más rápida. Que si un diente por aquí, que si un príncipe azul por allá... No doy abasto. Necesitaría ayudantes, pero desde que me desterraron de Nunca Jamás por aliarme del malvado capitán a ver quien la pide... Pero ahora que pienso, si tengo una estantería llena de tarros de cristal luminosos que lanzan grititos de vez en cuando.


Pensó que no se atrevería y por eso se lo dijo. La primera batalla oficial de bolas de nieve estaba a punto de dar comienzo. Era verdad que no eran horas. Aquellas no eran horas, tendrían que haber estado en casa, calentitos, junto al fuego. Pero es que… ¡acababa de nevar! Y sólo querían jugar. Además, estaba situado en un lugar estratégico, desde allí se veía todo el pueblo, con sus casitas de cuento cubiertas por una capa blanca, como si fueran tartas recubiertas de azúcar glas. Desde allí la postal era perfecta. Normal que lo hubieran escogido. Y estaban ellos allí jugando, lo que les ofrecía la oportunidad de meterlos en el relato. Jugaban, se perseguían, se tiraban al suelo, reían… Y entonces se lo dijo. ¿A qué no te atreves? ¿Qué no? Ahora verás. Y en riguroso directo una bola de nieve le golpeó en la cabeza. El pobre periodista no pudo hacer otra cosa que sonreír y seguir contando su historia.


Si siempre ha sido muy puntual. ¿Por qué no habrá llegado? No es posible que se haya retrasado, si el otro día lo tenía todo preparado. Además, todos los años es igual. Sabe de sobra el día y el lugar. Tiene esperando en el Paseo de Recoletos a tantas personas… Y a la señora no le da la gana. Hay que ver. Cuando aparezca se las va a tener que ver con todos estos ella solita. Yo no pienso hacer nada más que darle a este botón. Y, ¿sabes qué? Le voy a dar aunque ella no esté. Ya está. ¡Ya se han encendido las luces! ¡Ya es Navidad!Días más tarde, cuando de verdad llega Navidad… Pero, ¿qué pasa? ¿Es que no sabías que siempre tienes que llegar un poco antes? Ahora ya da igual, hace mes y medio que estamos en Navidad. Y estas fueron las primeras navidades sin Navidad. Por cierto, desde hace dos meses la capital tiene instalada la decoración navideña y el viernes se encendió Madrid. Así que no desvarío tanto.

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