Cerrabas la puerta al entrar. NO querías que nadie te escuchara mientras corrías las cortinas, abrías la ventana y te deslizabas silenciosamente por el tronco del árbol. No querías contarle a nadie tu secreto, por eso, con mucho cuidado, la linterna encendida y el saco de dormir en la espalda trepabas hasta el tejado. Te tumbabas intentando hacer el menor ruido posible y aprovechando la inclinación. Sólo entonces te ponías manos a la obra.
-¿Qué hacía allí arriba?
-¿No te acuerdas? Querías contar las estrellas.



