Cerrabas la puerta al entrar. NO querías que nadie te escuchara mientras corrías las cortinas, abrías la ventana y te deslizabas silenciosamente por el tronco del árbol. No querías contarle a nadie tu secreto, por eso, con mucho cuidado, la linterna encendida y el saco de dormir en la espalda trepabas hasta el tejado. Te tumbabas intentando hacer el menor ruido posible y aprovechando la inclinación. Sólo entonces te ponías manos a la obra.

-¿Qué hacía allí arriba?

-¿No te acuerdas? Querías contar las estrellas.

En el recreo todos jugaban mientras yo me quedaba de lado sin perder por el rabillo del ojo, todos y cada uno de sus movimientos. Habían dejado de lado las canicas para pasarse al atrapa la lucecita. Nuevo pasatiempo que les hacía doblarse de risa sin entender muy bien por qué. Lo recordaré siempre. A veces, cuando la luz desaparecía se acercaban a mí con aquella frase preparada: Gafitas, tontorrón, que tiene cara de melón. Pero enseguida se olvidaban de mí porque volvía a aparecer la luz. No diré que no me importaba, pero, la verdad, es que yo también me reía de ellos, por dentro, claro. Al final del recreo la luz se volvía mucho más inquieta. Arriba, venga, pillarla, me decía yo. Abajo chavales, de rodillas, que hay que hacer ejercicio… Nunca se enteraron de quién era el que movía el espejito. ¿Y vosotros?


Rescatar viejas emociones nunca viene mal. A veces se trata de una lágrima que cae al final de una película. Una sonrisa congelada en una fotografía en blanco y negro. Un latido particularmente acelerado que sigue el ritmo de una canción olvidada. Son ellas las que te recuerdan que sigues vivo, respirando. Son ellas las que te recuerdan que vale la pena esperar en una parada de autobús cuando diluvia. Cuando tienes prisa y los semáforos no se ponen en verde para ti. Y cuando la mayor parte de un examen trata sobre la clase que decidiste pasar en la cafetería. Pero lo superas, porque hay que seguir adelante. Porque no sabes hacer otra cosa. Para eso están aquella lágrima, fotografía en blanco y negro y canción olvidada. Rescátalas. Nunca sabes cuándo puedes necesitarlas. Igual Murphy aparece pronto. Hoy llueve y cogerás el coche para ir a aquél examen del que te has olvidado completamente.


Un día tras otro aparecía detrás del mostrador con la mejor de sus sonrisas. Yo la observaba sin que se diera cuenta. Uno tras otro, envolvía los regalos como si fuera lo más importante del mundo. Una vez hablando con su compañera: ¿Has pensado en la cara qué pondrá la gente al rasgar el papel y ver el regalo? Imagínate a los niños. Eso es lo que hago yo y así no cuesta tanto. Entonces se me ocurrió la mejor idea que he tenido en mi vida. Fue algo muy sencillo. No acerté con el regalo perfecto, pero eso no importaba. Y allí estaba yo, haciendo cola. Llegó mi turno y ella seguía con la sonrisa cansada en los labios. Cuando acabó de envolverlo, levantó la mirada y me deseó, cortésmente, una feliz Navidad. Le devolví el regalo y en un susurro le dije: Feliz Navidad para ti también, ya va siendo hora de que alguien se acuerde de las empaquetadoras de felicidad. Y esta vez sonreía de felicidad. Qué poco hace falta para hacer felices a los demás, ¿verdad?

Es Navidad y la gente espera ilusionada estas fechas, la familia, los regalos, el volver a casa por Navidad. Esperan el día 22 de diciembre. Es Navidad, y el pistoletazo de salida siempre ha sido el sorteo de lotería. Los niños cantan. La gente descorcha botellas de cava, champán. Lloran emocionados. Pero también los hay que rompen décimos, que juran y perjuran no volver a jugar… Pero siempre vuelven, porque a alguien le tiene que tocar. Es el sueño de muchos, pero si les preguntas, no sabrían qué hacer con el dinero. La probabilidad, según dicen, es muy baja. Pero la ilusión es tan grande que sólo por eso merece la pena, ¿quién no se alegra cuando salen los números? ¿Qué harías tú si tocara?

Hay gente que sueña mucho en Navidad, y los sueños son sueños cuando tienes los medios para conseguirlos. Si no, no merece la pena. Sólo espero que sigáis soñando por muchos años.

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