Vaqueros y botas altas hasta la rodilla. Tercera y casi mortífera vuelta de bufanda. Se deshace la coleta en mil mechones rebeldes. Y espera. Y yo me pregunto a quién espera mientras termino mi café y la observo al otro lado del cristal. No parece tener prisa. Se detiene delante de un par de escaparates. Pero sólo yo me doy cuenta de que lo hace para comprobar que su reflejo sigue allí. Entonces sonríe. Saca un libro. Su favorito. Y lo hojea como lo haría alguien que busca un pasaje concreto. Se detiene en una de sus páginas. Y vuelve a sonreír. Me descubre. Sus ojos se detienen un segundo en los míos. Parece mentira, pero entonces entiendo tantas cosas que el tiempo se detiene. Y no me molesta en absoluto. Vuelve a mirarme. Ahora sí tengo la certeza de que sabe que estoy aquí. Se acerca. Lentamente. Como la primera vez que la conocí. Se sienta a mi lado. Y sonríe una tercera vez. Su ojos en los míos y el tiempo sigue detenido.

- Hola.
¿Es eso lo más inteligente que se te ocurre? ¿A quién esperas?

Se queda callada. Y el tiempo se refracta en mil pequeñas gotas de lluvia. Y la imagino en verano, otoño, invierno y primavera a la vez. Con su sonrisa impermeable. Y sé que estoy loco por ella y que no quiero que vuelva a marcharse.

Se acerca lentamente.

- Te esperaba a ti. Gracias por no llegar tarde.


- Quédate conmigo, susurro. Hoy llueve. Y nadie sabe cuando dejará de hacerlo.

A veces, la vida nos regala tropezones con personas con la que ni nos imaginábamos que podríamos vivir momentos mágicos. Tú eres una de esas personas. A veces, la vida me deja disfrutar de momentos irrepetibles a tu lado. Y no te imaginas lo mucho que los agradezco. Y ya van dieciséis años juntas. Y siento que a ti no te guste, pero espero que sean ciento más. Los necesito. Porque a veces, simplemente necesito escuchar tu voz, o verte sonreír para saber que las cosas van a empezar a ir mejor.

Parece ser que vivimos en un mundo en el que la experiencia se cuenta en años. Parece ser que la mayor soy yo, pero sólo lo parece porque si sumara todas las veces que he aprendido de ti, te asombrarías tanto que casi empezarías a perderme el respeto. Y es que aprender a disfrutar los momentos que sí nos pertencen y no los que están por venir lo aprendí de ti. Y es que aprender a aceptar las cosas como vienen y no como nos gustaría que vinieran lo aprendí de ti. Y es que la sonrisa permanente que estoy aprendiendo a conservar la aprendo de ti... Eres el pequeño tesoro que descubro día a día, siempre sorprendiéndome. Así que hoy va por ti, por hoy, y por el siempre que viviremos juntas. Felicidades, y no porque hoy sea tu cumple. Felicidades por ser como eres, y porque lo conservarás con el paso del tiempo. Porque tú eres así.

Ni te imaginas lo mucho que te quiero, y ese mucho se queda corto, muy corto...
Algo tenían que hacer.

- Si tú no sales, yo no salgo, ya lo sabes.
- Vale, pues yo no voy a salir, lo siento.
- Está bien. Aquí nos quedamos.

Y allí estaban, esperando el milagro.

- Pero si es que puedes arreglarlo.
- No, no puedo.
- Sí que puedes. Primero, porque sabes cómo hacerlo, que ya es más de lo que yo sé.
- Pero, ¿por qué yo?
- Segundo, porque no pienso quedarme aquí sentado, escuchando la radio toda la noche. ¿Prefieres que llame a cualquiera?

Ella se lo piensa.

- No.
- ¿Entonces, sales?
- Salgo. Pero que conste, llueve. Que conste, tú no sales porque sólo hay uno de estos. Que conste, me va a llevar tiempo. Que conste, no se lo diré a nadie porque...
- Me encantas.
- Anda... Pásame el chaleco y la llave en cruz.

Y es ella la que sale a la lluvia a cambiar la rueda.
- No voy a volverme, ¿vale?
- Está bien, como quieras.

Sólo pudo aferrarse a una idea cuando lo vio partir, y es que no hay despedida más grande que un regreso. Ella esperaría un regreso. Y para el suyo ya había comenzado la cuenta atrás. Había que aceptarlo, viajar es imprescindible. Un signo nato de inteligencia. Y él era inteligente. Tanto, que emprendió su viaje aún sabiendo que a veces sería incapaz de reprimir la tristeza. Y volvería más sabio. Con mil ideas nuevas en la cabeza. Con la seguridad que se tiene al saberse superviviente en una ciudad extraña. Y, mientras, ella esperaría pacientemente. Descontando días. Recordando momentos casi mágicos. Pensando en...

Prometió no mirar atrás, pero no pudo evitar volverse y lanzar un beso al aire.
A veces me da por pensar. Sobre todo cuando estoy sola en casa. A veces me da por imaginar que no me importa pelear contra el miedo. Miedo a haber olvidado algo, a alguien. O a ser olvidada. Miedo a perderme y no saber volver. A perder la pieza que le da sentido a todo. Pero sólo lo imagino. Prefiero no saberlo, saber si aún tengo esa pieza o no; lo prefiero a vivir sabiendo que ya no está. Y mientras, por si acaso, intento no cambiar nada. Como cuando los personajes de dibujos animados viajan al pasado...

Oigo un ruidito. Click. Y las piezas encajan.
A la vista estaba que aquello se le había ido de las manos. Su intento por impresionarla había sido un rotundo fracaso. Lo peor era que jamás tendría otra oportunidad. Miró de reojo a la joven dividida en dos. Cada mitad en una caja. Cabeza y pies asomando. Curiosamente, su mirada era aún más bonita ahora. Víctor se encogió de hombros y se juró, una vez más, que en su próxima cita sólo haría un truco de cartas.
Apoyaron las manos sobre el piano. Ninguno de los dos se movió. Ella giró un poco la cabeza, con lo ojos cerrados, pronunciando su nombre en un susurro.
-¿Es ésta la razón por la que has venido esta noche?
Hubo un breve silencio, y luego respondió a media voz:
-No, el que ha venido has sido tú. Yo llevo una eternidad esperándote.

Para saber más...
Esperó en vano sus cartas. Al marcharse quiso saber cómo era su nueva vida. Empezó a preocuparse por la hora en la que el cartero entregaba el correo, y si algún día se retrasaba aumentaba su espera esperanzada por recibir una carta, una postal, una nota. Pero todo era, como ya he dicho, completamente inútil. Las cartas que ella escribía jamás llegaron. Por ninguna razón en especial. Nunca llegaban. Simplemente no querían llegar.

Pero es que a mi me pasaba lo mismo, tus cartas tampoco llegaban. Así que me enviaste una canción con un mensaje cifrado dificilísimo...


Supongo que fui el último que le miró a los ojos. Aunque es bastante difícil saberlo con exactitud. La máscara le tapaba el rostro y la osucridad de la noche era nuestra gran aliada. Al verlo al final de la calle, me detuve aliviado. Saqué la espada y la sostuve con la mano derecha. Sus pasos sonaron acercándose peligrosamente. Cuando levanté la vista un reflejo de Luna hizo clarear sus ojos frente a los míos. Sentí su olor. Y entonces me calló encima. Al mismo tiempo se disparó mi coraje. Deseperado, pero qué le vamos a hacer. Así que afirmé mis pies, lucahndo por mi orgullo. ¿O era por mi vida? Los años me habían adiestrado para eso, así que no creía en la suerte, si tenía que morir lo haría de la única forma que quería hacerlo, luchando. Me llovían cuchilladas y me defendí como pude. Me parece que no lo hice mal del todo. Hasta ese momento. Algo brilló a mi izquierda. ¿No venía solo? Exhausto noté como una daga se hundía en mi coleto. Solté la espada y caí al suelo. Desde allí noté la sangre hervir en mis venas. No moriría aquella noche.

El florete quedó cerca de mi mano izquierda, a sólo unos centíemtros de distancia. Supongo que pensó que no podría alcanzarlo, ni tampoco efectuar un ataque con la siniestra. Pero no le sirvió de nada. Él era diestro y yo... Yo sigo siendo zurdo.
A veces ocurre que sin querer todo sucede demasiado deprisa. A veces ocurre que no se da cuenta del momento en el que todo un universo cambia sin esperarlo. Será el destino caprichoso. O la diosa Fortuna. Será que tiene miedo a sumergirse en sus ojos y olvidarse de salir a la superficie a respirar. Será... Que ayer su corazón se olvidó de latir y no pudo evitar volverse para mirarle. Pero no, ella no está dispuesta a sufrir otra vez. Durante casi un año ha protegido su corazón tras una alta muralla, con vigías en cada torre y un dragón encerrado en las mazmorras. Para que nadie vuelva a entrar en él, para que no le hagan daño otra vez. Y su plan parecía funcionar hasta que un caballero de brillante armadura apareció en el horizonte.

Evidentemente había olvidado que querías ganar esta batalla...


Protegidas!

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