A veces me da por pensar. Sobre todo cuando estoy sola en casa. A veces me da por imaginar que no me importa pelear contra el miedo. Miedo a haber olvidado algo, a alguien. O a ser olvidada. Miedo a perderme y no saber volver. A perder la pieza que le da sentido a todo. Pero sólo lo imagino. Prefiero no saberlo, saber si aún tengo esa pieza o no; lo prefiero a vivir sabiendo que ya no está. Y mientras, por si acaso, intento no cambiar nada. Como cuando los personajes de dibujos animados viajan al pasado...

Oigo un ruidito. Click. Y las piezas encajan.
A la vista estaba que aquello se le había ido de las manos. Su intento por impresionarla había sido un rotundo fracaso. Lo peor era que jamás tendría otra oportunidad. Miró de reojo a la joven dividida en dos. Cada mitad en una caja. Cabeza y pies asomando. Curiosamente, su mirada era aún más bonita ahora. Víctor se encogió de hombros y se juró, una vez más, que en su próxima cita sólo haría un truco de cartas.
Apoyaron las manos sobre el piano. Ninguno de los dos se movió. Ella giró un poco la cabeza, con lo ojos cerrados, pronunciando su nombre en un susurro.
-¿Es ésta la razón por la que has venido esta noche?
Hubo un breve silencio, y luego respondió a media voz:
-No, el que ha venido has sido tú. Yo llevo una eternidad esperándote.

Para saber más...
Esperó en vano sus cartas. Al marcharse quiso saber cómo era su nueva vida. Empezó a preocuparse por la hora en la que el cartero entregaba el correo, y si algún día se retrasaba aumentaba su espera esperanzada por recibir una carta, una postal, una nota. Pero todo era, como ya he dicho, completamente inútil. Las cartas que ella escribía jamás llegaron. Por ninguna razón en especial. Nunca llegaban. Simplemente no querían llegar.

Pero es que a mi me pasaba lo mismo, tus cartas tampoco llegaban. Así que me enviaste una canción con un mensaje cifrado dificilísimo...


Supongo que fui el último que le miró a los ojos. Aunque es bastante difícil saberlo con exactitud. La máscara le tapaba el rostro y la osucridad de la noche era nuestra gran aliada. Al verlo al final de la calle, me detuve aliviado. Saqué la espada y la sostuve con la mano derecha. Sus pasos sonaron acercándose peligrosamente. Cuando levanté la vista un reflejo de Luna hizo clarear sus ojos frente a los míos. Sentí su olor. Y entonces me calló encima. Al mismo tiempo se disparó mi coraje. Deseperado, pero qué le vamos a hacer. Así que afirmé mis pies, lucahndo por mi orgullo. ¿O era por mi vida? Los años me habían adiestrado para eso, así que no creía en la suerte, si tenía que morir lo haría de la única forma que quería hacerlo, luchando. Me llovían cuchilladas y me defendí como pude. Me parece que no lo hice mal del todo. Hasta ese momento. Algo brilló a mi izquierda. ¿No venía solo? Exhausto noté como una daga se hundía en mi coleto. Solté la espada y caí al suelo. Desde allí noté la sangre hervir en mis venas. No moriría aquella noche.

El florete quedó cerca de mi mano izquierda, a sólo unos centíemtros de distancia. Supongo que pensó que no podría alcanzarlo, ni tampoco efectuar un ataque con la siniestra. Pero no le sirvió de nada. Él era diestro y yo... Yo sigo siendo zurdo.
A veces ocurre que sin querer todo sucede demasiado deprisa. A veces ocurre que no se da cuenta del momento en el que todo un universo cambia sin esperarlo. Será el destino caprichoso. O la diosa Fortuna. Será que tiene miedo a sumergirse en sus ojos y olvidarse de salir a la superficie a respirar. Será... Que ayer su corazón se olvidó de latir y no pudo evitar volverse para mirarle. Pero no, ella no está dispuesta a sufrir otra vez. Durante casi un año ha protegido su corazón tras una alta muralla, con vigías en cada torre y un dragón encerrado en las mazmorras. Para que nadie vuelva a entrar en él, para que no le hagan daño otra vez. Y su plan parecía funcionar hasta que un caballero de brillante armadura apareció en el horizonte.

Evidentemente había olvidado que querías ganar esta batalla...


Todo principio lleva, como si de una broma del destino se tratara, un final asignado. O eso dicen. Esta aventura también acaba. Como todas. Hace poco hablamos de las últimas palabras, los últimos compases y las caídas del telón. Es curioso, parece que cuando se acerca el final, de un modo u otro modo lo presentimos y nos abandonamos a él. Aquí viene el resto. Como siempre, un placer compartir todos estos momentos congelados. Y, como siempre, aquí llega nuestro punto y final. El telón tiene que caer. Las luces se tienen que apagar. Pero allá a lo lejos sigue brillando algo. ¿Lo veis? Igual no sea un punto y final. ¿Quién sabe? Igual es un Punto y Coma…

Un café bien cargado por las mañanas. Una ducha de agua bien calentita después de un día agotador. La risa de un niño. Estrellas de noche. La caricia de los primeros rayos de sol después de un invierno de lo más frío. Conversar con alguien al que hace tanto tiempo que no ves que las horas no tienen cabida en los relojes. Un día de lluvia con botas de agua, o con niños saltando en los charcos. Y todas esas pequeñas cosas sin las que no seríamos nosotros mismos. Lo curioso de todas ellas, creadas por el ser humano, no es que para cada uno de nosotros sean diferentes. Lo verdaderamente curioso es que la palabra necesidad proviene del latín, necessitas, que proviene de necesse. Necesse deriva a su vez del prefijo ne y del verbo cedere, que significa inevitable. Todo esto refleja lo mucho que preciso mi inevitable necesidad.


A veces pienso en cómo sería mi propia banda sonora. Me la imagino interpretada por un piano. Clásica. Con cambios a pop ochentero y rock inglés. Sé que a veces dejaré encendida la radio, sólo para ver cómo cambia el mundo. Porque la música es el reflejo de lo que vivimos. Hay muchas maneras de ver el mundo y la música es una más. También formarían parte de esa banda sonora los momentos en los que aterrice una atmósfera silenciosa a mi alrededor. Pero no ocurrirá nada. Será mejor , entonces, que siga sonando mi música como si nada hubiera pasado. A veces pienso que en la vida no suena la canción perfecta en el momento exacto. Igual nunca tendré mi propia banda sonora. Para qué engañarnos. Éso sólo pasa en las películas.

Hoy, querido diario, he decidido sincerarme. No sé por qué hoy, ni tampoco por qué ahora. Y lo cierto es que ya llevo días queriendo decírselo a alguien, queriendo explotar, pero no he sabido muy bien cómo hacerlo, ni a quién contárselo. Supongo que no soy bueno en eso de las palabras. Sé muy bien lo que quiero decir y cómo quiero expresarlo, pero a la hora de la verdad, en blanco. Algo influirán los suspensos en lengua. Bueno, yo… Creo que sé por dónde empezar, ¿por dónde si no? Por el principio. Y todo esto ocurrió una mañana, de esas en las que crees que no va a ocurrir nada. ¿Sabes? Si algo he aprendido es que son esas mañanas las preocupantes, son las que más probabilidad de actividad frenética poseen. ¿Por dónde iba? ¡Ah! Sí, la confesión. Salía del metro. Iba andando por la calle. Sin preocuparme de nada, cuando de pron…Cuando de …Vay, se est acaband la tint…

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