Siempre ocurría lo mismo. Disfrutaba tanto en el lugar en el que se escondía que a veces se olvidaba del día de regreso. Eso sí, no se sabe muy bien por qué pero nunca perdía el avión. Por golpes de suerte, quizás, o del destino a pocas horas de salir recordaba el momento y el lugar de la hora de salida. Esta vez no iba a ser una excepción. La sobremesa se había alargado un poco más de lo previsto, pero en apenas diez minutos lo tenía todo recogido. Se despidió prometiendo volver pronto y lanzando un beso al aire. Siempre, siempre, siempre decía que no había olvidado nada. Pero, esta vez… Bueno, aquí está, brillante, el zapato olvidado. Me pregunto qué pasará cuando abra la maleta. Esta es capaz de volver.
Un beso Ana!




