Siempre ocurría lo mismo. Disfrutaba tanto en el lugar en el que se escondía que a veces se olvidaba del día de regreso. Eso sí, no se sabe muy bien por qué pero nunca perdía el avión. Por golpes de suerte, quizás, o del destino a pocas horas de salir recordaba el momento y el lugar de la hora de salida. Esta vez no iba a ser una excepción. La sobremesa se había alargado un poco más de lo previsto, pero en apenas diez minutos lo tenía todo recogido. Se despidió prometiendo volver pronto y lanzando un beso al aire. Siempre, siempre, siempre decía que no había olvidado nada. Pero, esta vez… Bueno, aquí está, brillante, el zapato olvidado. Me pregunto qué pasará cuando abra la maleta. Esta es capaz de volver.

Un beso Ana!


Siempre me he preguntado cuál fue la primera palabra que pronuncié. Nadie sabe decírmelo con exactitud. Pero prefiero imaginármela a conocer la verdad. A veces, sin darnos cuenta hablamos más de lo que deberíamos, farfullamos palabras incoherentes que si pensáramos un poco no nos atreveríamos a articular. Esas palabras nos impulsan a tomar decisiones, a hablar de sentimientos y en definitiva a decir estupideces. Quizás deberíamos aprender a escuchar, sólo para no creer todas las tonterías que se dicen. Para aprender a distinguir la mentira de lo que parece la verdad. No te voy a engañar, la verdad no tiene palabras para ser expresada. Siempre me he preguntado cuál fue la primera palabra que pronuncié, pero siempre he sabido cuál va a ser la última. Como si fuera una broma del destino, la última palabra será fin, lo sé. Siempre es fin.


Esta mañana he escuchado que el día 31 de diciembre tuvo un segundo más de los que normalmente suele tener. Es el segundo invitado a última hora en la fiesta. El segundo que ganas por las mañanas y te deja subir al metro justo cuando las puertas se cierran. El segundo en el que entras en un sueño. La verdad es que no se necesita más que un segundo para comprender de golpe qué importa y qué no. En fin. De ese segundo regalado no diremos nada. El problema será cuando digan que el 2009 tiene un segundo menos, entonces todos creerán que les han quitado una pieza insalvable de su vida. ¿Qué hacer con el segundo número 61? ¿Qué hacer cuando la vida te regala un segundo? Ahora mismo contesto, espera un segundo.


La respuesta la tenía cerca. Tanto que no me di ni cuenta. La respuesta estaba en el bolsillo de mi abrigo, dentro de un sobre. El sobre pesaba bastante, y pensé que la información que llevaba la había estado esperando mucho tiempo. Me dediqué a observarlo durante una hora entera, debatiéndome en abrirlo o dejar que lo hiciera otro. Había memorizado cada letra, cada sello, pero lo primero que hice al verlo fue deslizar uno de mis dedos sobre él. Era papel del bueno. Suave al tacto. Venía de arriba, las cosas importantes siempre vienen de arriba. Y siempre lo hacen dentro de sobres caros. Tomé aire y rasgué el papel. Las primeras letras me confirmaron que no había sido buena idea. “Nos ponemos en contacto con usted para informarle de que ha sido el ganador de un crucero por...”. Falsa alarma. Solté una maldición.


Viernes, día de colegios.

-Parece que me está sonriendo. -Pero, ¿qué dices? No pueden sonreír, además, si tú vivieras enjaulado, ¿sonreirías mucho? -Ya, tienes razón. Acércame esa manzana a ver si se la come. -Vale, pero pierdes el tiempo, te la volverán a lanzar. -Ahora que lo dices, yo no podría vivir ahí dentro, sin poder moverme. Pero aún así, fíjate en su conducta. Siempre enseñando los dientes. Mira a aquel bostezar, casi veo el último antílope que se ha comido. -Lo veo un poco difícil. La especie humana que vive en esa jaula no caza antílopes, he oído que se los llevan a museos…-Le dijo el león al tigre.

Me parece que el punto de vista cambia si somos nosotros lo enjaulados. ¿Y a ti, a quién te gustaría enjaular?

Protegidas!

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