Sólo quería ser amable. No me molestan los silencios, pero se le veía tan callado que no quise hacerle sentir mal. De las veces que he subido en ese ascensor no creo que los tres minutos que dura el trayecto desde el piso 17 hasta el sótano se convirtieran en tres minutos hablados. Pero no hablados de cualquier manera sino a la velocidad del rayo a la vez que atinando en cada palabra. Sabiduría. Eso no puede ser otra cosa, me dije yo. Si tiene ese poderío hablando de algo tan trivial... Y lo malo es que tenía razón. No se equivocó, no. Perfecto. En fin. Qué le voy a hacer. Yo sólo quería ser amable, así que en un ascensor se me ocurrió hablar del tiempo. Evitando así la incomodidad.

- Parece que va a llover, ¿verdad?
- En el interior peninsular, poco nuboso aumentando a nuboso con nubes de evolución diurna y posibilidad de chubascos localmente moderados y tormentas, más probables en zonas de montaña del noreste, centro y suroeste peninsulares. En el resto de la península y en Baleares, poco nuboso con intervalos de nubes altas, salvo en el litoral cantábrico donde habrá algún intervalo de nubes bajas y en Mallorca con nubosidad de evolución. Las temperaturas, sin embargo, se mantendrán sin cambios o en ligero descenso. En el noroeste peninsular y cantábrico, viento del nordeste soplará de flojo a moderado con intervalos de fuerte en el litoral gallego. Por lo demás sin cambios respecto a la previsión de ayer noche.

Y con una sonrisa y un buenos días acompañó el cierre de la conversación. Exactamente igual que en el telediario. El nuevo hombre del tiempo. Sí señor. Y yo sé dónde vive.
El azar desea cosas imposibles para instantes imposibles. El azar, más caprichoso si cabe que el destino, ha hecho que en el momento menos pensado suene una canción en una espera de tren. No divagaré sobre la actualidad de los temas del hilo musical. Pero sí me acordaré de las noches adolescentes en las que me dormía escuchando canciones como esta. No fue mi preferida. Olvidé la letra y la melodía se oxidó en mi cabeza. Pero jamás podré olvidar que una parte de ella decía lo que creí que sería una verdad, que el amor verdadero es tan sólo el primero, que puede que los demás sean sólo para olvidar... Me muerdo la lengua. La pregunta lucha por romper el silencio, hasta que me doy cuenta de que no vale la pena conocer la respuesta. La intuyo y eso basta. Mis palabras mueren, se pierden y viajan al limbo de las preguntas que nunca nacieron. No tengo ganas de visitar ese cielo.

Puede que el amor verdadero sea tan sólo el primero. Pero puede también que nunca nos demos cuenta de cuál es ese amor verdadero. De cuándo amamos de verdad por primera vez. Nunca lo sabemos. Puede que en este preciso instante mi amor verdadero lleve un póker de ases en la mano.

Y ella se enamora otra vez. En ese tiempo suspendido. El tiempo justo para lanzar un beso al aire y volverse a mirarle en el último segundo.


Nací en Septiembre. Ese mes frío. O cálido, según se mire. Desapacible por todos lados. Ni invierno ni verano. Ni para ti ni para mi. Me gustaba jugar solo, pero nunca me faltaron los amigos. Crecí con Barrio Sésamo y sin Play Station. Creo que fui un buen estudiante, al menos cuando los sobresalientes aún tenían algo de valor. Me parece que me enamoré, pero no se enamoraron de mi. Fueron años dulces y la despedida no me amargó sino que me hizo más fuerte, como los buenos alcoholes, esos que nunca he probado. Quise a mis padres y ellos me quisieron a mi. Nunca tuve mi minuto de gloria, pero tampoco lo necesité. Encontré mi amor verdadero. Tuve un libro. Planté un hijo. Pero sólo para llevar la contraria. Nació en Septiembre, ese mes frío. Pero él es feliz.

Lástima que el pasado sea tan claro y el futuro tan incierto.

Septiembre, al fin y al cabo. Siempre me enfrento a él esperando que sea un mes bonito. Quizá esta vez... Ojalá esta vez lo sea.




De uno de los pisos desciende una melodía claramente perceptible.

¿Sabe? Es el nuevo vecino, que se acaba de mudar. Yo sabía que vendría un músico a ocupar el ático. Pero llevamos mucho tiempo esperándolo. Es un piso precioso, con mucha luz, mucho espacio. Yo lo sé porque era amiga de Victoria, la dueña. Nos pasábamos las tardes tomando té a eso de las cinco. Toca el violín, lo vi el otro día en el ascensor. Correctísimo. Elegante, manos suaves. Fíjate yo hubiera dicho que era pianista. Pero, ¡qué va! El violín, igual que yo. Si no fuera porque mis dedos ya no son lo que eran, seguiría tocando hasta deshacerme las yemas. Victoria, su madre, mi amiga, siempre hablaba de él. Tan ocupado en sus conciertos aún encontraba tiempo para visitarle, muy de tanto en tanto, pero ella sabía que la quería y que si no fuera porque... Vaya, porque somos una lata, se pasaría la tarde tocando para ella.

Cesa la música y alguien toca a la puerta. Al abrir, ahí está él. Correctísimo. Elegante. Manos suaves. Cansado y triste. En su rostro, una sonrisa lucha por amanecer en sus labios.

Buenas tardes, soy Hugo, el hijo de Victoria, ya me conoce. Toco el violín y mi madre me dijo que usted, de joven, también lo hacía. Estoy practicando una nueva pieza y... Bueno, estas paredes son de papel y seguro que me estará escuchando. Me pregunto si le importaría que ensayara con usted. Para hacerle compañía. Son las cinco, hora del té. Así de vez en cuando también podría contarme cosas de mi madre... Porque, ¿sabe? No fue suficiente. Nunca es suficiente.

Y de mi piso fluye una melodía perceptible. Claramente reconocible. Hábiles dedos sobre las cuerdas. Alguien interpreta una partitura clásica. Una fracción de eternidad que todo lo cambia. Un fragmento de perfección en la ápera corriente de vida humana. Mi corazón tranquilo late al ritmo de un adagio básico.

Mi corazón, tranquilo ya, late al ritmo de un adagio, básico. Y todo gracias a ti.


Sueña con poder sentirlo. Un espacio fuera del tiempo en el tiempo. Pero, ¿cuándo? Ignora si el momento va a llegar. Y seguirá ignorándolo. Por mucho que intente pensar lo contrario. ¿Cuándo llegará ese abandono que sólo es posible entre dos personas? La quietud que dice sentir cuando está sola, esa certeza de nosotros mismos en la serenidad de la soledad no son nada comparadas con ese dejarse llevar, ese dejarse llegar y dejarse hablar que se vive con alguien, en cómplice compañía... ¿Cuándo? Cree que hoy es la primera vez. Aunque igual se equivoca, de nuevo. Y se regodea en su error porque fuera llueve y nadie sabe cuándo dejará de hacerlo. Llueve... Otra vez. Y ella sigue soñando sin esperar ya su momento fuera del tiempo.

Me queda la extraña sensación de que estabas pensando en otra cosa.



Silencio de la mañana... Acordarme de la comida del gato... Ha visto mi patinete es la tercera vez que me lo roban... Ya hace calor y ni siquiera son las diez... Llueve tanto que parece que es de noche... Tenemos el tiempo justo la sesión es a la una... Quieres quitarte el impermeable... Taza de té amargo... Silencio de la tarde... Quizás estemos enfermos a fuerza de tener demasiado... Todos esos bonzos que regar... Anda está nevando... Y esas flores qué son... Cielo otoñal qué tristeza... Los días acaban tan pronto ya... Sabe todo llega cuando tiene que llegar para quien espera... Cómo se llaman sus padres... Qué cansancio... Para comer nueces no hace falta mantel... Cáspita le moquea la nariz... Corto champiñones en rodajas muy finitas...

¿Y después?

¿Después? Silencio, por favor. Absoluto.


Bajaba a la playa todos los días sólo para pasear por la orilla, disfrutando de la caricia de los rayos del sol. Se embelesaba con el horizonte, sin cansarse que cielo y mar no eran uno solo, aunque únicamente fuera por llevar la contraria.

A veces se entretenía viendo reír a los niños, tímida inocencia. Correr, saltar, gritar... Vivir. Y es que pensó que sólo cuando se es niño se disfruta de verdad. Y es que pensó que los recuerdos más dulces son los de la infancia. Entonces, sin saber bien por qué supo que le gustaban los castillos de arena, aunque no entendía el propósito de éstos. Podrían pasar una mañana entera construyendo su palacio a la orilla del mar, pero luego... Sí, es cierto, necesitan arena húmeda. Y sí, cuando un castillo tiene foso y se llena gracias al oleaje, la sonrisa es especial, muy muy especial. Castillos de arena, ¿efímeras construcciones de satisfacción infantil?

Quizás construí mi castillo demasiado cerca del agua. Sube la marea. Y el castillo se convierte en una masa arenosa, sin forma. Y no hay rastro de torreones, almenas, pequeñas ventanas, murallas... Ni tampoco de príncipe azul. Pero mañana volverá a salir el sol, las olas seguirán bañando la orilla. La arena seguirá estando mojada... Y sé que volveré a construir nuestro castillo de arena.



No sé si existe una razón predeterminada a ello. Seguramente sí. Quizás la haya, y te empeñes en hacerla desaparecer. En ahogarla, impedir que salga a la superficie. Y si mientes, quizás sea porque es lo más fácil. Mentir siempre es fácil. Lo difícil es que no te descubran.
Pero, ¿no es acaso mentir, el noble arte de guardar secretos? Parece que me obstino siempre en creer que todo lo que haces es casi perfecto.

Hay gente que guarda secretos. Tú lo haces. Bien es cierto que todas las personas, como tú, que guardan secretos, son perfectamente identificables. Sólo hay que saber mirar. Observar atentamente. Y sus ojos las traicionan. Pero también es cierto que a fuerza de practicar, tus ojos han aprendido también a mentir, y ya no logro entrever nada. Y aunque desespere al saber que mientes me rindo. Tú ganas. Y yo pierdo... Pero, ¿sabes qué? Mientes, y yo me engaño a mi mismo creyendo lo contrario.

Dime, ¿qué leeré en tus ojos mañana?


Bajo el globo caen los copos.
Ante los ojos de mi memoria, sobre la mesa de la maestra se materializa la pequeña bola de cristal. Cuando nos habíamos portado bien, se nos permitía darle la vuelta y sostenerla en la palma de la mano hasta que cayera el último copo al pie de las montañas dentro escondidas. Aún no había cumplido siete años y ya sabía que la lenta melopea de las pequeñas partículas algodonosas prefigura lo que siente el corazón durante una gran alegría. La duración se ralentiza y se dilata, el ballet se eterniza en la ausencia de obstáculos, y cuando se posa el último copo, sabemos que acabamos de vivir ese instante fuera del tiempo que es la marca de las grandes iluminaciones. A menudo, de niña, me preguntaba si estaría a mi alcance vivir instantes semejantes y encontrarme sin querer en el corazón del lento y majestuoso ballet de copos, liberada por fin del tiempo.

Me equivoqué. Del todo. No es para mi.




Por lo general, nada más levantarme, enciendo la radio. Me despierto al ritmo de la cálida voz de mi locutor favorito. Pero hoy, nada más levantarme, he escuchado algo a lo que no estoy acostumbrada. No sabía de quién era. No sabía por qué lo estaba escuchando. Caprichos del destino.
La música no es sólo un placer para el oído, como la gastronomía lo es para el paladar, o la pintura, para los ojos. Si pongo música por la mañana tampoco es que la razón sea muy original: lo hago porque en este verano determina el tono del día. Es muy sencillo y a la vez muy complicado de explicar. Y cuando me abandono a pensar nunca me viene mal un poco de música. La prefiero desconocida, para no prestarle mucha atención. Y, a veces, prefiero no entender la letra. Guiarme por sus pulsiones. Por lo general, para entonces escucho jazz, o como hoy, escucho a Dire Straits (viva el mp3).

Protegidas!

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