Bajaba a la playa todos los días sólo para pasear por la orilla, disfrutando de la caricia de los rayos del sol. Se embelesaba con el horizonte, sin cansarse que cielo y mar no eran uno solo, aunque únicamente fuera por llevar la contraria.

A veces se entretenía viendo reír a los niños, tímida inocencia. Correr, saltar, gritar... Vivir. Y es que pensó que sólo cuando se es niño se disfruta de verdad. Y es que pensó que los recuerdos más dulces son los de la infancia. Entonces, sin saber bien por qué supo que le gustaban los castillos de arena, aunque no entendía el propósito de éstos. Podrían pasar una mañana entera construyendo su palacio a la orilla del mar, pero luego... Sí, es cierto, necesitan arena húmeda. Y sí, cuando un castillo tiene foso y se llena gracias al oleaje, la sonrisa es especial, muy muy especial. Castillos de arena, ¿efímeras construcciones de satisfacción infantil?

Quizás construí mi castillo demasiado cerca del agua. Sube la marea. Y el castillo se convierte en una masa arenosa, sin forma. Y no hay rastro de torreones, almenas, pequeñas ventanas, murallas... Ni tampoco de príncipe azul. Pero mañana volverá a salir el sol, las olas seguirán bañando la orilla. La arena seguirá estando mojada... Y sé que volveré a construir nuestro castillo de arena.



2 comentarios:

Jofiel dijo...

Gracias...

Juanma.

MARTÍN RINCÓN HOEFKEN dijo...

Genial... Me gustó. Grandes éxitos!

Protegidas!

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