Ráfaga de viento. Helada. Que se mezcla entre cada una de las células de tu cuerpo. Que te pilla por sorpresa y te deja sin respiración. Me doy cuenta de que se ha llevado un sombrero calle abajo. Alguien corre detrás de él como si su existencia dependiera de ello. Intenta retenerlo a su lado, sin saber que sólo es un sombrero que quiere escaparse a vivir otra vida. El sombrero ha sido listo y ha aprovechado su oportunidad. Ese empujón definitivo que le ha permitido olvidarse del calborota. Igual todo esto sea una tontería, pero a veces me parece que necesito un empujón que me haga seguir adelante y olvidarme de las calborotas. Quizás hoy sea el día perfecto para dar ese salto. Fuera hace viento.


Se encontró la foto por la calle un día que andaba despistado. Iba a casa de sus padres, a conocer a sus tíos de Sudamérica. Se la guardó en el bolsillo, no sabía bien por qué. Es posible que hubiera visto Amelie demasiadas veces, pero qué importaba. Al principio, pensó que simplemente llevaba una foto de carnet de una desconocida en un pantalón que se ponía a menudo. Pero cuando se dió cuenta de que sacó la foto para lavarlos y luego volvió a incorporar la imagen a su ropa pensó que lo que hacía no era algo confesable. Muchas noches, miraba la foto durante largos minutos, antes de dormirse y soñar situaciones subidas de tono con ella. Al día siguiente se comía la cabeza pensando en lo estúpido que era obsesionándose con una fotografía de una desconocida que había recogido hacía dos semanas. ¿Y si se la cruzaba por la calle? ¿Le diría algo? ¿La seguiría? ¿Pasaría de largo?
Su madre le volvió a llamar el domingo por la mañana para decirle que fuera a comer. Se puso los famosos pantalones con un solo bolsillo vacío y se puso a andar muy alerta, por si alguna de las vecinas le resultaba familiar. Se quiso morir cuando vio el resto del cuerpo de aquel rostro andando por la misma calle que él. La siguió. Se quiso morir cuando entró en el mismo portal que él y se metió en el ascensor. Se quiso morir cuando, después de subir andando cuatro pisos para que no pensara que la seguía se la encontró en casa de sus padres llamando mamá a su tía.

Aquel tipo, listo como ninguno, tuvo la oportunidad de ser el abogado del diablo, lo cual le llevaba a la siempre y eterna cuestión que a todo abogado, antes o más tarde, le aborda algún día: ayudar al culpable y respetar su oficio o tener la conciencia limpia. Optó por su oficio. Su corazón frío como un bloque de hielo le hizo saltarse las normas, porque mayor prestigio le daría si conseguía salvar al diablo del divino sistema penitenciario. Aquel abogado ávido de fama defendió al diablo con trampas, mentiras y asesinatos. Ganó el juicio, ganó la fama, pero también ganó la soledad de quien a nadie hablan. A quien no ganó fue a la muerte que lo envió directito al infierno, donde el diablo, también conocedor y respetuoso de su oficio lo carbonizó por zoquete.

Había quedado con él a las 4 de la tarde en el café de la esquina. Era un día gris, de esos en los que es mejor no salir de casa. En los que el cielo amenaza una tormenta de las que prefieres ver desde la ventana bien tapadita con una manta. Pero no podía aplazarlo más. Tenía que confesarle que tenía un nuevo trabajo y quería comenzar una nueva vida. Y eso es lo que hizo. Más o menos a mitad le lanzó una pregunta a la que no pudo evitar responder. Y eso le llevó a la ruina. Cuando tu jefe ya no es tu jefe se convierte en un ser al que sigues queriendo estrangular. Le pidió el número de teléfono y ella se lo dio, sólo, dijo, por si algún día te necesitamos y quieres volver. Pero a veces, la mejor opción es no complicarse la vida.

Sólo fue una cuestión de mala suerte. Y es que no nos pusimos de acuerdo. Yo le cedía el paso y él a mí. Yo se lo volví a ceder y él me hizo seña de que pasara. Parecía que no se fiara Le volvía a hacer seña y él a mí. Por un momento nos quedamos los dos parados, ¡y justo cuando arranco se le ocurre pasar! Porque llevaba yo el coche. Si llega a ser a la inversa, a ver quién estaría ahora contándolo. Lo que más me fastidia es que tuviera que ser yo precisamente quien lo atropellara. Yo siempre se lo he dicho a mi mujer: tenía que estar prohibido que la gente pasara por los pasos cebra. Son criminales.


No consigo recordar qué es un hada. Y es normal, porque hace unos años me olvidé de todo lo que poseía un halo mágico alrededor. Bastante tengo ya con todo el trabajo que se me echa encima. Porque, oye, parece que todos prefieren a la bruja, que es más rápida. Que si un diente por aquí, que si un príncipe azul por allá... No doy abasto. Necesitaría ayudantes, pero desde que me desterraron de Nunca Jamás por aliarme del malvado capitán a ver quien la pide... Pero ahora que pienso, si tengo una estantería llena de tarros de cristal luminosos que lanzan grititos de vez en cuando.


Pensó que no se atrevería y por eso se lo dijo. La primera batalla oficial de bolas de nieve estaba a punto de dar comienzo. Era verdad que no eran horas. Aquellas no eran horas, tendrían que haber estado en casa, calentitos, junto al fuego. Pero es que… ¡acababa de nevar! Y sólo querían jugar. Además, estaba situado en un lugar estratégico, desde allí se veía todo el pueblo, con sus casitas de cuento cubiertas por una capa blanca, como si fueran tartas recubiertas de azúcar glas. Desde allí la postal era perfecta. Normal que lo hubieran escogido. Y estaban ellos allí jugando, lo que les ofrecía la oportunidad de meterlos en el relato. Jugaban, se perseguían, se tiraban al suelo, reían… Y entonces se lo dijo. ¿A qué no te atreves? ¿Qué no? Ahora verás. Y en riguroso directo una bola de nieve le golpeó en la cabeza. El pobre periodista no pudo hacer otra cosa que sonreír y seguir contando su historia.


Si siempre ha sido muy puntual. ¿Por qué no habrá llegado? No es posible que se haya retrasado, si el otro día lo tenía todo preparado. Además, todos los años es igual. Sabe de sobra el día y el lugar. Tiene esperando en el Paseo de Recoletos a tantas personas… Y a la señora no le da la gana. Hay que ver. Cuando aparezca se las va a tener que ver con todos estos ella solita. Yo no pienso hacer nada más que darle a este botón. Y, ¿sabes qué? Le voy a dar aunque ella no esté. Ya está. ¡Ya se han encendido las luces! ¡Ya es Navidad!Días más tarde, cuando de verdad llega Navidad… Pero, ¿qué pasa? ¿Es que no sabías que siempre tienes que llegar un poco antes? Ahora ya da igual, hace mes y medio que estamos en Navidad. Y estas fueron las primeras navidades sin Navidad. Por cierto, desde hace dos meses la capital tiene instalada la decoración navideña y el viernes se encendió Madrid. Así que no desvarío tanto.


Era el mejor de todos. El que más tiempo dedicaba a sus pacientes. El que mejor los trataba y el más efectivo. También era el psicólogo de la ciudad que más cobraba. Por ir a su consulta, muchas veces, la gente esperaba meses y meses. Y tenía una larga lista de espera. Había escrito varios libros, ganado bastantes premios y dado muchas conferencias. Le habían propuesto trabajar en varios gabinetes y duplicado que diera clases en la universidad. Pero se había negado en rotundo. Y es que en contra de lo que pensaba todo el mundo, él no se creía que fuera el mejor. No, no lo creía. Y es que, ¿a quién acudía el mejor psicólogo de la ciudad cuando tenía un problema? Indudablemente… A su mujer.


A las siete de la mañana sonó el despertador. Como siempre. Otra vez era lunes. Pero no era un lunes como los demás. Aunque a ella poco le importaba ya. Cuando abrió los ojos no pensó en el despido de la semana anterior, ni tampoco en el divorcio de hace unos meses. No pensó en el desprecio ni en las recompensas que no habían llegado. Simplemente intentó abrir los ojos. Mientras se vestía pensó que con su experiencia no tendría problema para encontrar otro trabajo. Al desayunar supo que alguien estaría esperándola. Justo antes de salir de casa el mundo le pareció un lugar poco acogedor, la ciudad se le antojó una jungla llena de depredadores acechando. Pero su nueva vida una página en blanco sobre la que escribir una nueva historia. Con este último pensamiento en la mente había dado los últimos retoques a su maquillaje. Maquillaje capaz de ocultar cualquier asomo de tristeza.

Protegidas!

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